PROLOGO:
Ana, se feliz…
No es fácil describir mi vida, supongo que debe ser más fácil ser un observador y escribir, pero nadie me conoce lo suficiente, a duras penas me conozco yo. Nadie me obligó a escribir, yo simplemente me enfrenté con mis demonios, mis placeres y pecados y decidí mirar hacia atrás y recordar como es que ahora soy de esta forma. Tal vez fue mi culpa, nunca lo sospeche, tal vez fui demasiado ingenua, sin embargo nadie me apoyó, nadie me ayudó, siempre estuve sola en este mundo. Sola.
De haber estado acompañada o al menos apoyada sobre lo que me sucedió, no seria este ser, este monstruo “recuperado”. Quizás sea extraño, aunque me odie, jamás me arrepentí, jamás me arrepentiré, ya que si no hubiera sido por “el” no sería nadie, sería alguien común, alguien que siempre odie ser y trate de cambiar, hasta que “el” llego a mí.
Para empezar a contar mi relación con “el” y con “ellos”, primero debo mirar desde donde empezó todo en sí, desde mi infancia. No fui la niña más rebelde, ni la mejor estudiante, siempre me quede perdida entre la multitud, luche por no dejarme llevar, aunque a la final fue inevitable.
Primero intente con el deporte, sin embargo con mi primer raspón salí corriendo y llorando a brazos de mi madre, no destaqué y me odié.
Luego intenté con la música, pero no he conocido alguien más arrítmico que yo, la música que ejercía de mi era tan horrible que la gente no pagaba por oír, sino por callar. Intenté con el piano, pero era muy lenta. Lo mismo sucedió con la guitarra. Intenté con la flauta, no obstante hacía llorar a la gente con mis “ruidos” porque llamar música a eso sería un insulto. Al final desistí, renuncié a la música, renuncié a destacar, me quedé entre la multitud y me odié. Sola.
Mi tercer y último intento fue sacando buenas notas, sin embargo los números se me asemejaban a golosinas y me daba hambre, cosa que me descontrolaba. Leer me encantaba, pero a mis padres poco importaba, así que de nuevo me quede atrapada entre la multitud, sola.
Sí lo sé, sueno muy “emo”, muy patética con eso de sola, pero es literal, estuve sola. Mi padre desde que lo conozco, siempre ha sido un adicto al trabajo y mi madre pasaba mucho tiempo con sus amigas, sus libros, sus películas, sus salidas que yo era plato de segunda mano.
No tuve muchas amigas, odie a las “barbies” y todo lo que se le pareciera, me gustaban los libros y por eso siempre fui llamada “la rara”.
¡Oh! Antes de seguir, se me olvida contar algo tan importante, la llegada de mi dolor de cabeza, perdón mi hermana María. Que nombre tan raro, María, tan único. Es tan original como Ana.
Nació caucásica, de pelo negro y ojos azules; yo soy de piel canela de pelo castaño y ojos oscuros, nacimos iguales.
Siempre me mantuve a su sombra, suena raro porque soy la mayor, pero así fue, mientras ella en sus primeros años escolares ganaba mención de honor, yo en mis primeros años de secundaria era un caos. Por eso mis padres siempre la prefirieron y me dejaron apartada.
Ya lo ven, no era la niña más problemática, la niña rebelde, la mejor estudiante o la modelo a seguir, siempre me mantuve en el montón tratando de distinguir, mas nunca funcionó.
Así que crecí, con pequeños traumas, pero nada problemático.